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Patricia Fraile, Fund Manager, Compliance and Investor Relations en Archipélago Next

¿Cómo es el camino de la startup para ser una gran empresa?

El relato habitual sobre las startups suele concentrarse en sus primeros años. Se habla de la idea, del equipo fundador, de la primera ronda de financiación, del crecimiento acelerado o de la entrada en nuevos mercados. Sin embargo, se presta mucha menos atención al momento en el que debe dejar de comportarse como un proyecto en construcción para convertirse en una organización sostenible y solvente.

Ese tránsito no es automático. Tampoco depende únicamente de alcanzar un determinado volumen de facturación o de empleados. Convertirse en una gran empresa exige una transformación profunda en la forma de gestionar, financiar y gobernar el negocio.

Durante las etapas iniciales, cuando el producto evoluciona, la incertidumbre forma parte de la actividad cotidiana. La flexibilidad y la velocidad son ventajas competitivas, las decisiones se concentran en pocas personas, los procesos son informales y el equipo fundador suele intervenir en prácticamente todas las áreas.

Este modelo puede funcionar mientras la organización es pequeña, pero comienza a mostrar sus límites cuando aumenta el número de clientes, empleados y mercados. Lo que antes era agilidad puede convertirse en improvisación; la cercanía del fundador a todas las decisiones puede acabar generando dependencia; y la ausencia de procedimientos, que inicialmente parecía ahorrar tiempo, puede dificultar el control financiero y operativo.

El primer gran cambio consiste, por tanto, en profesionalizar la gestión sin perder la capacidad de innovar. Esto implica incorporar perfiles con experiencia para delegar tareas, delimitar responsabilidades, establecer sistemas de control y construir una estructura capaz de funcionar sin que cada decisión tenga que pasar por los fundadores.

La gestión financiera es otro de los pilares de esta transición. En las primeras fases, muchas startups miden su evolución a través de indicadores como el crecimiento de usuarios, la captación de clientes o la velocidad de desarrollo del producto. Son métricas necesarias, pero insuficientes para construir una compañía solvente.

A medida que el negocio madura, cobran mayor relevancia la generación de caja, los márgenes, la recurrencia de los ingresos, el coste de adquisición de clientes y la capacidad de financiar parte del crecimiento con recursos propios. Una empresa puede aumentar rápidamente su facturación y, al mismo tiempo, deteriorar su posición financiera si cada nueva venta incrementa sus pérdidas o exige un consumo desproporcionado de capital.

Por eso, crecer y escalar no son exactamente lo mismo. Crecer consiste en aumentar el tamaño de la actividad. Escalar significa hacerlo sin que los costes avancen al mismo ritmo que los ingresos.

La financiación también debe evolucionar con la compañía. El capital riesgo desempeña una función importante en etapas donde la empresa necesita acelerar, desarrollar tecnología o entrar en nuevos mercados. Pero una organización sostenible no puede depender indefinidamente de levantar una nueva ronda para mantener su actividad ordinaria. Conforme disminuye la incertidumbre y aumenta la previsibilidad del negocio, deberían ampliarse también las fuentes de financiación.

Esta combinación requiere una relación más estrecha entre el ecosistema emprendedor, los inversores y las entidades financieras. Muchas startups desconocen qué condiciones deben cumplir para acceder a financiación bancaria, mientras que parte del sector financiero todavía encuentra dificultades para evaluar compañías con pocos activos materiales, pero con tecnología, propiedad intelectual o ingresos recurrentes. Es necesario acercar ambos mundos será fundamental para que más empresas puedan superar la etapa inicial y consolidarse.

El gobierno corporativo representa otro paso relevante. En los primeros años, un consejo de administración puede entenderse como una obligación derivada de la entrada de inversores. Sin embargo, a medida que la organización crece, debería convertirse en un espacio real de supervisión, debate estratégico y anticipación de riesgos.

Una gobernanza adecuada ayuda a ordenar las relaciones entre socios, profesionaliza la toma de decisiones y prepara a la empresa para operaciones futuras, desde nuevas rondas hasta adquisiciones, fusiones o la incorporación de socios industriales.

También obliga a abordar cuestiones que a menudo se aplazan durante la fase de crecimiento: la planificación de la sucesión, la retención del talento, la ciberseguridad, el cumplimiento normativo o la concentración de clientes. Estos elementos quizá no generen titulares, pero determinan la capacidad de una compañía para resistir una crisis y seguir operando.

En definitiva, el objetivo de una startup no debería ser permanecer siempre como startup, sino superar esa condición y convertirse en una empresa capaz de crear empleo estable, generar beneficios, invertir en innovación y competir a largo plazo. No todas lo conseguirán, porque el riesgo forma parte del emprendimiento, pero tener en mente a referentes anteriores puede ayudar a cometer menos errores.

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